A los 14 años Michael Tertsea tuvo la oportunidad de recibir educación y jugar basketball, a través de una beca en el colegio secundario Maryland, en Estados Unidos.

Eso significó el sacrificio de dejar a su pueblo natal en Nigeria, África, y estar lejos de su madre, Elicia Ikpum, con quien había formado un vínculo estrecho, después de que su padre los había abandonado cuando Michael tenía 5 años.

En aquel entonces, relata al Washington Post, con todo el dolor que genera el desapego, su madre le dio un beso de despedida a Michael, su único hijo.

Cuatro años más tarde, volvieron a reencontrarse, cuando la clase de Michael juntó el dinero para que Elicia pudiese estar presente en la graduación de su hijo.

¡Imaginen ese encuentro después de haberse extrañado tanto!

Los cambios físicos de Michael durante su distanciamiento fueron, por su puesto, muchos, ¡sobre todo la altura!

En la puerta de arribo del aeropuerto, Alice se quedó atónita y lo miró de abajo hacia arriba en reiteradas pasadas. ¡Apenas lo reconoció!

En su recuerdo aún vivía la imagen de un niño, y ahora estaba frente a la figura de un hombre.

“Estaba tan feliz de verla”, dijo Michael
“He cambiado mucho. … Ella se ha sorprendido de la persona en la que me he convertido”, afirmó su hijo.

Michael dice que no creció en el desamparo, pero que sí vio el sacrificio que implicó su cuidado y las carencias que padecía su pueblo natal.

Él recuerda noches en que su madre se iba a la cama con hambre porque no había suficiente comida para los dos. Como también los servicio de energía eléctrica o agua corriente que eran irregulares.

Un primo que ya vivía en Estados Unidos encontró una posibilidad para Michael con John Carroll, quien tiene un programa de becas estudiantiles con convocatorias abiertas a todas partes del mundo.

Alentar a su hijo a seguir una educación en los Estados Unidos fue “la decisión más difícil que haya tomado en mi vida”, dijo Elice, “pero también lo más gratificante”.

Cuatro años después se reencontraron madre e hijo gracias al apoyo del colegio y los compañeros de clase, que estimaban mucho a Michael, a quien le habían apodado “gentil gigante”, por su buen y gran corazón.

 

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Categorías: Historias


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