Los rayos son responsables de más de 4.000 muertes la año.

Pero, ¿sabes cuáles son las probabilidades que te caiga un rayo?

De acuerdo con los expertos, las probabilidades que te caiga un rayo son de 1 de cada 3.000.000. Aunque en EE.UU es de 1 en 700.000. 

Además, parece ser que los hombres tienen un 5 por ciento más de probabilidades que las mujeres. De hecho, la mayor parte de las personas afectadas por estos fenómenos meteorológicos son hombres de entre 15 y 35 años que trabajan en la construcción o en el campo.

Sin embargo, la historia que hoy te presentamos es la de una mujer que sobrevivió a la caída de dos rayos y sacó un aprendizaje de ello.

Esta mujer excepcional se llama Beth Peterson, de 49 años, vive en Georgia, Estados Unidos, y le contó su increíble experiencia a la BBC:

“No hubo advertencia, excepto las gruesas nubes negras que llenaban el cielo.

Antes de que pudiera refugiarme, un destello masivo de luz me atravesó y me arrojó 9 metros hacia atrás sobre el suelo de concreto.

Sentía que cada centímetro de mí estaba ardiendo, ardiendo con electricidad, matándome. Y luego, todo se volvió negro.

A a pesar que el rayo —que había entrado por mis pies, atravesado mi cuerpo y salido por mi boca y cabeza había parado los latidos de mi corazón.

Los médicos estaban asombrados que hubiera sobrevivido cuando llegué al hospital. No podía hablar porque tenía la mandíbula rota, no podía entender lo que me decían debido a una lesión cerebral grave, y no podía caminar porque los vasos sanguíneos de mis pies estaban completamente destruidos.

Estaba agradecida por estar viva, pero mi vida había cambiado para siempre.

Tuve 12 cirugías para reconstruir mi mandíbula y los dedos de mis pies fueron amputados.

Lentamente, aprendí a leer, escribir, hablar y caminar, usando muletas al principio, luego, cuando estuve más fuerte, los músculos centrales en mi estómago para mantener el equilibrio.

Me sentía impotente, pero con cada signo de recuperación —recitar el alfabeto, completar operaciones matemáticas básicas— renacía la esperanza.

Además de la rehabilitación física, me diagnosticaron un trastorno de estrés postraumático y tuve que ver a un psicólogo.

Exactamente un año después del día en que me cayó el rayo, estaba en casa porque todavía no podía trabajar.

Se avecinaba una tormenta y mi psicólogo me había alentado a enfrentar mis temores y no esconderme cuando el clima me resultaba atemorizante.

Entonces, me armé de coraje y salí a nuestro porche.

De repente… lo sentí.

Ese mismo destello de luz, ese mismo ardor agonizante.

El segundo rayo no me hirió físicamente tanto como el primero, pero como todavía estaba en recuperación, los médicos no podían calcular el alcance del daño.

Mis días se convirtieron en un flujo constante de citas en el hospital, repitiendo mi rehabilitación.

Vivía con miedo, obsesionada con las nubes, la lluvia y los relámpagos, escudriñando constantemente el cielo.

Cuatro meses después del segundo rayo, había recuperado la fuerza suficiente como para caminar usando un bastón, y David y yo decidimos casarnos.

El año siguiente tuvimos un hijo, Casey.

Después de cada cirugía, cada sesión de rehabilitación, ellos fueron la fuente de alegría que me ayudó a superar todo.

Han pasado 25 años y sigo sintiendo dolor.

Puede sonar extraño, pero quienes hayan pasado por una amputación lo entenderán: el dolor realmente nunca se va, solo aprendes a vivir con él.

Pero en lugar de centrarme en las cosas malas, doy charlas para otros pacientes de trastorno de estrés postraumático y dolor crónico.

En 2013, escribí un libro sobre cómo aprovechar el dolor para hacerte más fuerte.

Los rayos pueden haber cambiado mi vida irreparablemente, pero también le dieron un propósito a mi vida: ayudar a otros“.

 

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Categorías: Historias


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