Las estaciones de tiempo que podemos ver reflejadas en toda la naturaleza, también habitan en nosotros. Cada molécula, enzima, hormona y órgano de nuestro organismo tiene sus ciclos de plenitud, de descanso y reposo. Cuanto más nos asimilemos a esos tiempos naturales, mejor será el funcionamiento de nuestro sistema vital y, en ese sentido, los hábitos alimenticios también deberían acompañar ese proceso.

Algunas investigaciones científicas han empezado a divulgar que la calidad de lo que comemos no sólo aborda el alimento en sí, sino el momento en que lo hacemos. Es decir, que cuanto más sigamos el ritmo cicardiano, esto es, los ciclos naturales que indican a nuestros cuerpos cuándo levantarse, cuándo comer y cuándo dormir, mejor salud vamos a lograr.

Los estudios de Satchin Panda, profesor del Instituto Salk y experto en la investigación de los ritmos circadianos, demuestran que afectar de manera crónica este ritmo podría ocasionar un aumento de peso y problemas metabólicos y que “la gente mejora su salud metabólica cuando come sus alimentos en un lapso diario de ocho a diez horas, al ingerir el primer bocado en la mañana y el último por la tarde”.

Panda descubrió en su investigación que la persona promedio come en un periodo más largo de quince horas al día, que comienza con algo como leche y café, poco después de levantarse, y termina con una copa de vino, cenando tarde o comiendo un puñado de papas fritas, nueces u otro tipo de botanas antes de irse a acostar.

El investigador explica que este patrón de alimentación está en conflicto con nuestros ritmos biológicos, que nacen de un metabolismo en el que nuestros sistemas endócrino, enzimático y digestivo están listos para recibir alimento por la mañana y la tarde y no tanto a la noche.

Es por eso que recomienda una alimentación temprana con restricción de tiempo, en un período de no más de 10 horas. “Desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo”, expresa el dicho que bien se podría aplicar a estas conclusiones científicas.

La medicina tradicional china, a su vez, comprendió tempranamente la utilidad de saber las horas y procesos de cada órgano para prevenir enfermedades y controlar mejor el organismo.

Los planetas giran en torno al sol, nuestros electrones presentan también una órbita sobre el núcleo atómico. Atardeceres y amaneceres cósmicos y microscópicos nos atraviesan y constituyen parte de lo que somos. Escucharlos y asimilarnos a ese orden universal es el nuevo desafío de la humanidad.

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Categorías: Vida


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