No importa si son mamíferos o moluscos, la naturaleza nos sorprende una vez más con innumerables ejemplos del más abnegado instinto maternal.

Con hembras que cuidan y defienden a sus crías con extrema dedicación, e incluso se ofrecen como cebo para alejar a los predadores de sus cachorros.

De acuerdo con la BBC News, semejante esfuerzo es fundamental para la supervivencia de sus hijos, un mundo que puede llegar a ser muy hostil.

Lo cierto es que en diferentes especies y situaciones podemos hallar una cosa en común: el instinto maternal que nos lleva a proteger a los bebés.

Existen peces que cuidan a sus crías teniéndolas dentro de su boca, al igual que el cocodrilo hace nidos y los transporta en medio de sus afilados dientes.

Un cocodrilo defenderá el nido de cualquier peligro potencial, siendo una de sus etapas más mortíferas.

La mamá pulpo puede poner entre 50 y 200 mil huevos, y los cuida durante unos cuarenta días hasta que se abren.

En ese tiempo, nunca abandona su puesto de guardia, ni siquiera para buscar comida.

Esto ocasiona que, en situaciones extremas de hambre, llegue a  comerse uno de sus tentáculos para resistir. Sin embargo, no siempre logra sobrevivir.

La mamá osa polar suele parir en medio del invierno. Para cuidar al recién nacido, se queda dentro de la madriguera las primeras semanas y le da leche. Pero en todos esos meses, ella no puede alimentarse, así que se debilita en el proceso.

Los bebés gorilas necesitan mamar al menos cada hora hasta que tiene cuatro o cinco meses. Incluso después del año, las mamás nunca dejan que los pequeños se alejen a más de cinco metros.

Se quedan junto a ella hasta que tiene tres o cuatro años, e incluso pueden compartir el nido hasta que tienen 6 años, en una versión del mundo animal del “colecho”.

Curiosamente, los animales tienden a ser protectores no solo con los bebés de su especie, sino también de otras.

Según los especialistas, el cuidar y proteger a los indefensos está grabado de forma instintiva en nuestros cerebros (al menos en la mayoría) y no solo nos referimos a los humanos, sino también a otras especies.

Por ejemplo, existen numerosos casos de adopción interespecie. De acuerdo con los expertos, el cerebro está programado para cuidar a los pequeños y de esta manera asegurar la conservación de la especie.

Pero, ¿es meramente fruto del instinto de protección fundamental para la supervivencia de sus hijos en el hostil mundo natural, o se trata de algo más?

Marc Bekoff, uno de los grandes expertos del mundo en comportamiento de los animales a los que estudia desde hace medio siglo, afirma que “los animales tienen una vida sentimental muy profunda”.

Cuanto más te metes en sus mentes, más compasión sientes hacia ellos y hacia los otros humanos, porque ves los sentimientos en estado puro; los animales no tienen dobleces”, concluye Bekoff.

 

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Categorías: Animales Asombroso


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